Tankas de Terayama Shūji (III y final)

Un girasol
de pétalos resecos
dado en ofrenda:
la tumba de mi padre
ya es más baja que yo.

Carga el cadáver
de una mariposa
una hormiguita:
no sé hasta dónde irá,
mas no proyecta sombra.

Mi apartamento
y la celda que habitas
en esa cárcel:
los unen bajo tierra
viejos tubos de gas.

Froto el cerillo
y, en un instante apenas,
niebla en el mar:
¿hay acaso una patria
por la cual arrojarse?

Versión de Iván Díaz Sancho.

Fuente: Revista Letras Libres, Ciudad de México, 10 de noviembre de 2013

A50 (antigua Ruta 5)

Ahh… la tarde…
El ómnibus quedó
casi vacío.

En mitad del viaje, un timbrazo de V al móvil. Aun no hace una semana del reencuentro y ya un timbrazo de V al móvil. Unos años sin vernos, nada más unos años, y el reencuentro casual la noche del domingo. Portal de Reina. Whisky a oscuras en el parque del Curita. Cenar juntos en una fonda en el Barrio Chino, saboreando tu conversación. No recordabas las veces, pocas, pero las veces en que nos vimos, siempre cruzándonos en alguna calle, y en que cambiamos gratas palabras. Tu memoria me recuperaba por los años en que nos descubrimos en aquel curso de dramaturgia que no terminaste. Bastó para caernos bien y sentarnos a charlar, apenas charlar, verte reír, una que otra vez, en los rincones universitarios.

Esta vez recuperamos, recuperaste inevitablemente, a M, a nuestro M, a tu M, tuyo más que de nadie. M muerto a lo terrible y bajo tierra hace ya año y algo. Tiempo que seguimos pisando los vivientes. El terrible M que te acaparaba, que te colmaba, ya juntos, ya intermitentes. No lo sabría. Supe de su posesividad sobre ti. De cómo marcó, una que otra vez, reticente frontera entre mis presumibles intenciones y tú. No lo supiste entonces, no lo sabes ahora. Tú, que lo recuperabas inevitablemente en la conversación y yo te consentía en todo: el bueno M, el generoso M, el por tantos querido M: según tú. Ok. Muerto a lo terrible.

En mitad del viaje, tu timbrazo, V, al móvil: la vez primera que tu nombre timbra en mi móvil y no evito relamerme como un patán.

A dormitar
todo el trayecto.
Virgen del Camino.

Parque del Curita

Con olor a V en la mente, mis pasos penetrando Centro Habana. A la mente, M el terrible, su conversación siempre mórbida. Siempre un remolino viscoso alrededor, a tu alrededor siempre, V. Un remolino cuando tu distancia lo picaba. M recriminándote idas y venidas. Revelándome su posesividad como real sobreprotección, paternidad a conveniencia. Novilla mal domesticada presta a regresar al cavernoso redil, a un bocado bien caliente, nutritivo. Gemido telefónico, incorregible colegiala. Según M. Que no volverá a sentir olor a V, ni a saborearle a V la conversación.

No fue un gemido el timbrazo de V a mi móvil, sin que aun haga una semana del reencuentro.

Aun no.

Algo estará empezando, V. Algo puede estar empezando en mitad de la semana con tu timbrazo a mi móvil, V, con whisky y una cena juntos, el reencuentro casual la noche del domingo, en un portal. Algo podría reanudarse: algo inconcluso, postergado, por empezar. Algo que para M pudo ser presumible en un momento enterrado ya, tiempo que sigo pisando, y que hoy solo yo sé. Algo para lo que M, muerto a lo terrible, pudo ponerme en aviso.

Comido el dulce,
entre los dedos restos
de mantequilla.

Paseo del Prado

Regresan Víctor Manuel y compañía con un blues, el del autobús: https://www.youtube.com/watch?v=zWL6FF4xN4I&list=RDzWL6FF4xN4I

Fotos de Elio Delgado Valdés