
Lejos de su desembocadura en el Océano Atlántico nace nuestro río más caudaloso: El Toa, en el macizo Nipe-Sagua-Baracoa, al este-sureste de la Sierra del Maquey, a 780 metros de altitud. Nutrido por 58 afluentes conocidos, con una cuenca de 1052 km2 y gasto de 53,3 m³/s de agua, ofrece en su curso medio el Salto o Saltadero del Toa, con caída vertical de 17 metros, y así, de límite municipal entre San Antonio del Sur, Yateras y Baracoa, majestuoso, recorre sus 116 kilómetros, bordea por el oeste El Yunque, hasta desembocar en la profunda costa de la Primada de Cuba.
Y es en su abrazo con las olas donde vuelve a impresionar con su tibaracón, interminable península de arena también observable en los ríos Duaba, Macaguanigua, Miel, Yumurí, un poco menos en otros de la costa baracoesa. La interacción entre las poderosas lluvias de la montaña y el fondo marino ha creado una de las maravillas de nuestra historia natural: la acumulación de arena a grado tal que en el tibaracón del Miel y el Macaguanigua hay casas de madera, en el del Toa he visto camiones cargados de arena. Llueve, el río sale de su cauce, poderoso empuja la arena al mar y se origina un semicírculo de agua amarillenta perfectamente diferenciada del azul profundo, inefable si lo observamos desde un avión; días después, vuelve el oleaje a empujar la arena cuando la potencia del cauce disminuye, de nuevo es posible caminar dos kilómetros y admirar como, por desembocadura tan estrecha, el señor de la montaña, con sabor a cohoba, nengón, kiribá, establece su controversia de rollos, nombre local a la poderosa sucesión de olas donde algunos incautos han llenado sus pulmones con agua de mar.
En días tranquilos, se ven cayucas, balsas de bambú, atravesándolo para transportar cacao, guineo, plátano, incluso a quienes han pagado por caminar en los alrededores de nuestra primera capital, pasar de Rancho Toa o Finca La Esperanza al cayo de Los Chinos, fotografiar las inolvidables visuales desde su cauce, desembarcar en su tibaracón, eje a nadar en dos aguas: al oeste baño fluvial, al este ablución marina, y deambular, sobre finos guijarros cual hachas petaloides, bumerang, óvalos, esferas, hasta la exigua desembocadura, con su corriente engañosa. Ahí, solos, con el apacible cauce detrás, voraces olas al frente, su encaje de espumas removiendo guijarros, tan lejos La Bella Durmiente, El Yunque, la loma de El Turey, las terrazas de Yara o Yumurí, el absurdo boulevard, la dicotomía reguetón-música para turistas, un cielo inmenso, sin chimeneas, sin contaminación sonora, la silueta humana se desdibuja en diálogo de esencias, el tiempo ignora el reloj, parece que de pronto la arena desaparecerá y los rollos se abalanzarán sobre nosotros para un retorno a Guabancex, Yúcahu Bagua Maorocoti, la sonrisa de Atabex, Guanaroca, Mayoa, los nombres aruacos olvidados por muchos, y, desde la güira de Yaya, el fuego que Deminán Caracaracol arrebató a Bayamanaco, reescribir nuestra historia desde adentro, ascender a nuestras edades, el todo múltiple de Maisí a San Antonio, en cualquier instante de la Isla-Madre.
Octubre 17, 2012
Güines
El paisaje que somos, Editorial Montecallado, San José de Las Lajas, 2016
Les presento al Grupo Changüí de Guantánamo, cultor de la música tradicional de esta región del oriente cubano, en el tema Nengón de changüí: https://www.youtube.com/watch?v=cBncwOVEPMk
También quiero compartirles Ociel del Toa, documental del inmenso cineasta Nicolás Guillén Landrián, que retrata poéticamente el paisaje y la vida de la gente humilde que vive y labora a lo largo de este río: https://www.youtube.com/watch?v=HvCAKRIp7Pc