Los bienaventurados

Otra vez sin dinero, saciado mal que bien, tirado por ahí, o aquí tirado. Rincón de La Habana entre todos los rincones de La Habana. Rincón del universo, todos los rincones del universo. Cuatro Caminos. Las horas llamadas altas. Ninguna música. Ningún artilugio electrónico, dígitos audibles, ningunos audífonos, con que matar el tiempo en espera. Silencio. Música original, primera que todas. Increada. Cuatro Caminos que no están a la vista. Ni a estas horas ni a las otras, las que llamaríamos medias y bajas horas. El nombre para un lugar. Lugar que fuera, que fueron, cuatro caminos, lugar que es, que son, Cuatro Caminos. Uno siempre es uno solo, parado en dos pies, y, como el sabueso, parado en cuatro patas, no puede más que ir por uno de los cuatro caminos, o puntos cardinales. D, vista en lo nocturno de ayer, D, posible únicamente de ver en lo nocturno. Fronda de abundante corteza, fruto en cincuentenaria sazón, árbol macizo, encimado, de perenne follaje. Densa aparición en lo nocturno de ayer, no sabré si oportuna o conveniente, si salvadora –buscada. Holguín. Flor de ventoleras por aquel rincón entre todos los rincones de La Habana. Tres cartas de advertencias policiales. Un arresto la víspera. Puesta en la calle, largada del cuarto (la habitación, diría) por la vieja arrendadora. D hacía las calles y yo mataba el tiempo, las horas llamadas altas.

Sin pasar ómnibus.
Jadeando, un perro veloz
a mis espaldas.

D sonriéndose, sentándose en aquel banco, a mi lado. D soltándose a la conversación, al soliloquio, a la autobiografía discontinua, al conteo de las in-clemencias de estos rincones de La Habana. Otros de los rincones del universo, D. Jesús María. Hijo y Madre que no están a la vista. Ni a estas horas ni a las otras, las que llamaríamos medias y bajas horas. El nombre para un lugar. Lugar que fuera Jesús, María y José, lugar que es Jesús María. Uno siempre suplica a uno, a dos, a tres, y, cuántos sean, conducirán la plegaria por un solo Camino, o Punto Cardinal. D me encantó más la noche primera, viéndola en la pública semipenumbra de las horas llamadas altas, oyéndola en aquel banco, a mi lado, me encantó D más que en la noche segunda, en otro banco, más que en la enclaustrada luz de un cuchitril lechero, donde fugaces arrendatarios. De haber poseído mi propio cuartucho, mi propia habitación, D habría sido, dijo, toda para mí: yo, su sabueso arrendador. Lo diría antes de irnos del otro banco, al cuchitril lechero, la noche segunda. La noche primera, sin dinero, tocarle y verla ir, besarle y verla ir. Puesta en la calle, largada del cuarto (la habitación, diría) por la vieja arrendadora, precisaba de fortuna: suerte y capital. D hacía las calles y yo mataba el tiempo, las horas llamadas altas. Entre la noche primera y la noche segunda, las horas que llamaríamos medias y bajas horas. Densa fijación. No sabré si oportuna o conveniente, si salvadora –perseguida.

Cerca el ciclón.
Sentado en un portal
de madrugada.

D, vista en la noche segunda, D, posible únicamente de ver en lo nocturno. D sin sonreír, sentada en otro banco, a mi lado. D soltada a la conversación, al soliloquio, a la autobiografía discontinua, al conteo de las inclemencias de estos rincones de La Habana. Todos los rincones del universo, D. No me encantó más que en la pública semipenumbra de las horas llamadas altas, la noche primera, no me en-cantó más que oyéndola en aquel banco. De haber poseído mi propio cuartucho, mi propia habitación, mi rincón en el universo, D habría sido todo para mí: ella, mi solo camino, o punto cardinal. Madre e hijo posibles únicamente de ver en lo nocturno.

Saciado mal que bien. Tirado por ahí, o aquí tirado. Otra vez sin dinero. La Habana un rincón entre todos los rincones del universo. Las horas llamadas altas. Ninguna música. Ni venida de afuera ni detonada adentro. Ni creada por espíritu de naturaleza ni por espíritu de hombre. Silencio. Música original, primera que todas. Increada. Recreada por espíritu de naturaleza, por espíritu de hombre. Jesús, María y José. Ningún artilugio electrónico, dígitos audibles, ningunos audífonos, con que matar el tiempo en espera.

Sabina, tú ya eres de la casa, cántanos Que se llama soledad: https://www.youtube.com/watch?v=c5KCnKX_O1Q&list=PLEnQbRFw8gEuSqf-paNVBO0_L6LQl1uNT&index=10

Fotos de Juan Suárez: Barrio de Jesús María en La Habana Vieja

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