XI CONCURSO INTERNACIONAL DE HAIKU “FACULTAD DE DERECHO DE ALBACETE”

Mejor colección de haikus: Lázaro Alfonso Díaz Cala (Cuba)

Casi amanece.

Picotean las garzas

tras el arado.



Entre el yerbajo,

por los huevos de codorniz

van dos hurones.



Leche ahumada.

Se escucha en todo el valle

trinar al zacatero.



Viento de otoño.

Cayendo sobre la charca

flores de azahar.



Se nubla la tarde.

Desde la yarúa

llama el querequeté.


Invito a escuchar a Manuel Paneque Lahenz, en un tema de Alejandro García Caturla, Berceuse Campesina: https://www.youtube.com/watch?v=VDHEIuQTZIY
 

Huracán Ian

La llegada al pueblo de tarde.

¡Nos tendremos que mojar en la lluvia!

 

Viene huracán…

Entre la basura

pedazos de Santa Bárbara.

 

A oscuras espero el huracán.

¿De dónde ese perfume…?

 

Antiguo Convento de Santo Domingo.

Primeras aguas del huracán.

 

Ráfagas, ráfagas…

El huracán tiene el nombre

de un poeta.

 

Huracán Ian.

Se aleja en la calle

una voz cantando rumba.

 

Recaliento el café.

Me bañaré con agua

que deje el huracán.

 

Ráfagas fuertes…

Se alternan las voces

de los dos vendedores de aguacates.

 

Oigo que barren la lluvia…

Mientras pase el huracán

no me afeitaré.

 

Primer huracán a solas.

Las lluvias no han llenado

los cubos que saqué ayer.

 

Gajos de almendro en la calle.

Se acercan los silbatazos

de un panadero.

 

Huelo una hoja de orégano

dejada por el huracán:

 este frescor…

Vamos con la rumba que alguien pasó cantando en pleno huracán, Oyeme Cachita, oigámosla en versión de Cubanosax Quintet: https://www.youtube.com/watch?app=desktop&v=nLLWvnF0LKIhttps%3A%2F%2Fm.youtube.com%2Fwatch%3Fv%3DnLLWvnF0LKI&fbclid=IwAR299giQMHE9VBPFK4H-QS1fkDypmI62p783f5MMXbDheCyTQR8VsExk1es 

Oficios de hombre solo

En aquella casa, las tías solteronas no dejaban jugar con tijeras ni balancear sillones desocupados. Sin explicación, cualquiera de las dos venía silenciosa a arrebatármelas, a detener en seco el mueble. La novela erótica que descubrí entre los libros del primo también desapareció. Algo debió delatarme: no supe que más pasó con esa chica venezolana. Seguro que una de las tías, o las dos, la continuaron leyendo.

Detrás de las paredes escuchaba las notas idénticas de la armónica del amolador. Lo veía hacer lo suyo, sin pregonar, con los cuchillos y las tijeras del vecindario.

En casa tampoco consentían el juego. Al menos había unas palabras, un gesto, antes que debiera entregar las tijeras. Eran dos: las negras y unas blancas. Ni siquiera solía abrirlas, las tomaba como a lápices o bolígrafos, algo tendría que escribir con ellas… Unas para cortar papel, para telas las otras. «Jamás hagas lo contrario». «Nunca cojas las blancas». Pero qué importaba si a mis anchas mecía los sillones desocupados: los balanceaba compulsivamente mientras hubo sillón en casa. Esas negras y las blancas han sido nuestras únicas tijeras. Las busco si hay que reparar algún libro, si quiero deshacerme de unos pelos de más. Han ido perdiendo el filo y las puntas, se irán a convertir en juguetes.  

Cuarentaiún años.

Debajo del aguacero

salgo a recoger la guanábana.

Las notas de las armónicas de los amoladores no han regresado en décadas al vecindario, las rescata una canción de X Alfonso. Ni yo entré más a aquella casa, después de que saliera la última tía solterona. Hasta estas paredes llegan pregones grabados, idénticos: melodías repetidas en bocinas. Algo de lo que escribir.

Esta es la canción por X Alfonso, El afilador: https://www.youtube.com/watch?v=AICncjqoA9w